Hiparco de Nicea

Hiparco nació en Nicea (griego Νίκαια), en Bitinia. No se conocen las fechas exactas de su vida, pero Ptolomeo le atribuye observaciones astronómicas en el período de 147 a 127 a. C., y algunas de ellas se afirman como realizadas en Rodas. Es posible que él también haya hecho observaciones anteriores desde 162 a. C. Su fecha de nacimiento (alrededor de 190 a. C.) fue calculada por Delambre basándose en indicios incluidos en su obra. Hiparco debe haber vivido algún tiempo después del 127 a. C., porque analizó y publicó sus observaciones de ese año. Hiparco obtuvo información de Alejandría así como de Babilonia, pero no se sabe cuándo visitó estos lugares o si lo hizo. Se cree que murió en la isla de Rodas, donde parece haber pasado la mayor parte de sus últimos años.

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En los siglos segundo y tercero, se hicieron monedas en su honor en Bitinia, que llevan su nombre y lo muestran con un globo terráqueo.2

Relativamente poco del trabajo directo de Hiparco sobrevive hasta los tiempos modernos. Aunque escribió al menos catorce libros, los copistas posteriores sólo conservaron su comentario sobre el popular poema astronómico de Arato. La mayor parte de lo que se sabe acerca de Hiparco proviene de la Geografía de Estrabón y la Historia natural del siglo I, del Almagesto de Ptolomeo del siglo II, y de referencias a él en el siglo IV escritas por Papo y Teón de Alejandría en sus comentarios sobre el Almagesto.3

Hiparco fue uno de los primeros en calcular un sistema heliocéntrico,4​ pero abandonó su trabajo porque la ciencia de la época creía que la circularidad perfecta era obligatoria. Aunque un contemporáneo de Hiparco, Seleuco de Seleucia, seguía siendo un defensor del modelo heliocéntrico, el rechazo de Hiparco del heliocentrismo fue apoyado por ideas de Aristóteles y permaneció dominante durante casi 2000 años hasta que el heliocentrismo copernicano convirtió la marea del debate.

La única obra conservada de Hiparco es Τῶν Ἀράτου καὶ Εὐδόξου φαινομένων ἐξήγησις («Comentario sobre los fenómenos de Eudoxo y Arato»). Este es un comentario muy crítico en dos libros sobre un poema popular de Arato basado en la obra de Eudoxo.5​ Hiparco también hizo una lista de sus principales obras que aparentemente lista unos catorce libros, pero que solo se conoce por referencias de autores posteriores. Su famoso catálogo de estrellas se incorporó al de Ptolomeo y puede reconstruirse casi perfectamente restando dos y dos tercios de las longitudes de las estrellas de Ptolomeo. Aparentemente, la primera tabla trigonométrica fue compilada por Hiparco, quien, en consecuencia, se conoce hoy como «el padre de la trigonometría».

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Edwin Hubble

Edwin Powell Hubble (Marshfield20 de noviembre de 1889 – San MarinoCalifornia28 de septiembre de 1953) fue uno de los más importantes astrónomos estadounidenses del siglo xx, famoso principalmente por haber demostrado en 1929 la expansión del universo midiendo el corrimiento al rojo de galaxias distantes. Hubble es considerado el padre de la cosmología observacional aunque su influencia en astronomía y astrofísica toca muchos otros campos.

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Aunque comenzó estudiando leyes en la Universidad de Oxford, retornó al campo de la astronomía al incorporarse al Observatorio Yerkes de la Universidad de Chicago, donde obtuvo el doctorado en física en 1917. Al volver de su servicio en la Primera Guerra Mundial, en 1919, comenzó a trabajar en el nuevo observatorio del Monte Wilson, donde tenía acceso a un telescopio de 254 centímetros, por aquel entonces el más potente del mundo. En el observatorio, trabajó junto a Milton Humason. Hoy en día hay un satélite (Telescopio espacial Hubble) que es llamado «Hubble» en su honor.

Después de medio siglo desde que Huggins registró el corrimiento al rojo del espectro de la estrella Sirio, había registrado múltiples corrimientos al rojo y al azul de varios objetos del universo. En 1929, Hubble publicó un análisis de la velocidad radial, respecto a la Tierra, de las nebulosas cuya distancia había calculado estableciendo que, aunque algunas nebulosas extragalácticas tenían espectros que indicaban que se movían hacia la Tierra, la gran mayoría, mostraba corrimientos hacia el rojo que solo podían explicarse bajo la suposición de que se alejaban. Incluso, descubrió que existía una relación directa entre la distancia de una nebulosa y su velocidad de retroceso.

Hubble concluyó que la única explicación consistente con los corrimientos hacia el rojo registrados, era que, dejando aparte a un «grupo local» de galaxias cercanas, todas las nebulosas extragalácticas se estaban alejando y que cuanto más lejos se encontraban más rápidamente se alejaban. Esto solo tenía sentido si el propio universo, incluido el espacio entre galaxias, se estaba expandiendo. Esto llevó al astrónomo a elaborar junto a Milton Humason el postulado de la ley de Hubble acerca de la expansión del universo.

William Herschel

Friedrich W. Herschel nació del matrimonio formado por el músico militar Isaak Herschel y Anna Ilse Moritzen. Influido por sus padres, Friedrich estudió música y se convirtió en un competente intérprete de oboe, uniéndose a su padre y a su hermano Jacob en la banda del Regimiento de Guardias.2

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En 1757, participó en la batalla de Hastenbeck entre Francia y Brunswick-Luneburgo, durante la guerra de los Siete Años, y los más de 5000 muertos que presenció le causaron una honda impresión, que lo llevó a alejarse de su país natal y afincarse con su hermano en Inglaterra. Jacob decidió regresar a Hannover después de dos años, pero Friedrich Wilhelm (a quien los ingleses llamaban ahora «William», nombre que lo acompañaría para siempre) prefirió quedarse.

El joven Herschel profundizó en Inglaterra sus estudios musicales: se convirtió en profesor primero, en organista en Halifax (1765) y al año siguiente era ya director de orquesta en Bath.

En 1772 vino su hermana Caroline Herschel a vivir con él en Bath. Fue entonces cuando ocurrió el episodio que cambiaría la vida de William: el 10 de mayo de 1773 compró un libro (la «Astronomía» de James Ferguson) y se enamoró para siempre de la ciencia de los cielos.

Ávido de conocimientos y dotado de una gran habilidad manual, Herschel comenzó desde el principio a calcular, diseñar y construir sus propios telescopios. Menos de un año después de haber comprado el libro de Ferguson, Herschel calculaba y pulía ya los más perfectos y poderosos espejos de todo el mundo, porque comprendió enseguida que el futuro dependía de los telescopios reflectores y no de los refractores.4

Mientras construía los instrumentos observaba los cielos. En fecha tan temprana como febrero de 1774 ya había observado la nebulosa de Orión, descubierta en 1610.

El 13 de marzo de 1781 Herschel observó un objeto no registrado que a primera vista parecía un cometa: estudiándolo con todo cuidado, pronto consiguió determinar que en realidad se trataba de un nuevo planetaUrano.3

Urano (foto del Voyager 2, NASA).

Herschel había descubierto el objeto probando su recién construido telescopio reflector de 152 mm. Lo había apuntado a la constelación de Géminis y había observado una estrella que no se suponía que estuviese allí. A la potencia de su instrumento, parecía poseer un disco planetario (de allí la confusión con un cometa). Brillaba con un color amarillo y se desplazaba lentamente.

Observándolo noche tras noche, Herschel llegó a la conclusión de que había descubierto el séptimo planeta del sistema solar. Pidió a otros astrónomos que confirmaran su diagnóstico, y todos estuvieron de acuerdo con él: existía un nuevo planeta situado al doble de la distancia de Saturno.

Tycho Brahe

Tycho Brahe  escuchar (?·i) (Thyge Ottesen Brahe; Castillo de KnudstrupEscania14 de diciembre de 1546 – Praga24 de octubre de 1601) fue un astrónomo danés, considerado el más grande observador del cielo en el período anterior a la invención del telescopio. Su nombre original, Thyge Ottesen Brahe, en danés moderno se pronuncia [ˈtˢyːə ˈʌd̥əsn̩ ˈb̥ʁɑː].

Hizo que se construyera Uraniborg, un palacio que se convertiría en el primer instituto de investigación astronómica. Los instrumentos diseñados por Brahe le permitieron medir las posiciones de las estrellas y los planetas con una precisión muy superior a la de la época. Atraído por la fama de Brahe, Johannes Kepler aceptó una invitación que le hizo para trabajar junto a él en Praga. Tycho pensaba que el progreso en astronomía no podía conseguirse por la observación ocasional e investigaciones puntuales sino que se necesitaban medidas sistemáticas, noche tras noche, utilizando los instrumentos más precisos posibles.

Tras la muerte de Brahe las medidas sobre la posición de los planetas pasaron a posesión de Kepler, y las medidas del movimiento de Marte, en particular de su movimiento retrógrado, fueron esenciales para que esté último pudiera formular las tres leyes que rigen el movimiento de los planetas.

Tycho Brahe nació el 14 de diciembre de 1546 en KnudstrupEscania, en aquel entonces perteneciente a Dinamarca y después a Suecia. Era el hijo mayor de una familia nobiliaria danesa: Otte Brahe, el padre de Tycho, fue consejero privado del rey y terminó su carrera como gobernador del castillo de Helsingborg. Beate Bille, la madre de Tycho, también venía de una importante familia que había producido importantes eclesiásticos y políticos. Bautizado con el nombre de Tyge más tarde latinizó su nombre a la forma con la que se le conoce habitualmente, Tycho.1

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El joven Tycho fue criado por Joergen Brahe, un tío suyo que no tenía hijos propios y que se lo llevó a su residencia de Tostrup cuando tenía poco más de un año. La intención de Joergen era que Tycho siguiera, como él mismo, una carrera al servicio del rey por lo que le proporcionó una sólida formación humanística en latín y en 1559, a la edad de trece años, lo envió a la Universidad de Copenhague. Fue durante su estancia allí cuando, el 21 de agosto de 1560, se produjo un eclipse de sol, acontecimiento cuya previa predicción causó una enorme impresión al joven Tycho. A partir de ese momento, y con la aparente indulgencia de su tío, dedicó el tiempo que pasó en Copenhague a estudiar matemáticas y astronomía. Sabemos, por ejemplo, que adquirió y anotó minuciosamente una edición en latín de las obras de Ptolomeo.2

Más tarde, en 1562, dejó Dinamarca para completar su educación y marchó a la Universidad de Leipzig con la intención de estudiar leyes, aunque la mayor parte del tiempo la dedicaba a sus primeras observaciones astronómicas. Durante su estancia allí, a raíz de una conjunción entre Júpiter y Saturno que se produjo el 24 de agosto de 1563, fue cuando se dio cuenta de los errores en que incurrían las previsiones astronómicas: hasta de un mes, e incluso en las tablas más precisas varios días.3

Tycho Brahe se marchó de Leipzig en mayo de 1565 y regresó a Copenhague por indicación de su tío Joergen, que lo consideró conveniente a causa de las complicaciones de la guerra entre Suecia y Dinamarca en algunas de cuyas batallas navales participó él mismo. Casi inmediatamente, el 21 de junio, falleció Joergen a causa de las complicaciones de salud que le provocó auxiliar al rey Federico II cuando este cayó al agua desde un puente del castillo de Copenhague. A pesar de que la familia de Tycho Brahe se oponía a su interés por la astronomía, este había recibido la herencia de su tío y pudo continuar por sí mismo su formación. En 1566 emprendió un viaje, visitando primero la Universidad de Wittenberg y estableciéndose después en Rostock, en cuya universidad se titularía, realizando estudios que incluían astrologíaalquimia y medicina.4

A finales de 1566, el 29 de diciembre, una disputa con otro aristócrata danés (según una de las versiones provocada por las burlas de este a una predicción astrológica de Tycho sobre la muerte de Solimán el Magnífico cuando el sultán ya había fallecido) culminó en un duelo en el que un golpe arrancó a Tycho la parte superior de la nariz. A partir de entonces, para ocultar la herida, debió utilizar siempre una prótesis especialmente fabricada en oro y plata.5

Ptolomeo

Fue autor del tratado astronómico conocido como Almagesto (en griego, Hè Megalè Syntaxis; traducido al español como El gran tratado). Se preservó, como todos los tratados griegos clásicos de ciencia, en manuscritos árabes, de ahí su nombre, y solo está disponible en la traducción en latín de Gerardo de Cremona, realizada en el siglo xii.

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Heredero de la concepción del universo dada por Platón y Aristóteles, su método de trabajo difirió notablemente del de estos, pues mientras Platón y Aristóteles dan una cosmovisión del universo, Ptolomeo fue un empirista. Su trabajo consistió en estudiar la gran cantidad de datos existentes sobre el movimiento de los planetas con el fin de construir un modelo geométrico que explicase dichas posiciones en el pasado y fuese capaz de predecir sus posiciones futuras.

La ciencia griega tenía dos posibilidades en su intento de explicar la naturaleza: la explicación realista, que consistiría en expresar la naturaleza sobre la base de principios racionales, que tendrían prioridad frente a los hechos aparentes, y la explicación positivista, que radicaría en expresar lo aparente, y adaptar los principios explicativos a los hechos. Ptolomeo afirma explícitamente que su sistema no pretende descubrir la realidad, y que es solo un método de cálculo. Es lógico que adoptara un esquema positivista, pues su teoría geocéntrica se opone flagrantemente a la física aristotélica: por ejemplo, las órbitas de su sistema son excéntricas, en contraposición a las circulares y perfectas de Platón y Aristóteles.

El Almagesto contiene un catálogo de estrellas que Ptolomeo tomó de una obra perdida de Hiparco de Nicea. Aunque Ptolomeo afirmó que observó el catálogo, se desprende de múltiples líneas de evidencia el hecho de que el catálogo fue obra de Hiparco. El Almagesto también estableció criterios para predecir eclipses.

Charles Messier

Charles Messier (BadonvillerLorena26 de junio de 1730París12 de abril de 1817) fue un astrónomo y cazacometas francés, conocido por ser el creador del catálogo de 110 objetos del espacio profundo (nebulosasgalaxias y cúmulos de estrellas) que constituyen el catálogo de objetos Messier. Este catálogo se publicó por primera vez en 1774. Los objetos Messier se numeran del M1 al M110, y aún hoy en día los aficionados los conocen por ese nombre.

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Messier había trabajado muchos años como asistente en el Observatorio Marino, instalado en el Hôtel de Cluny, en pleno París, desde donde había realizado todos sus descubrimientos.

Cuenta la leyenda que Messier, gran aficionado a la caza de cometas, inauguró su catálogo con M1 (la nebulosa del Cangrejo) la noche del 28 de agosto de 1758, cuando buscaba en el cielo el cometa 1P/Halley en su primera visita predicha por el astrónomo inglés.

Messier no descubrió todos los objetos de su catálogo, ya que muchos fueron observados por el también francés Pierre Méchain y, años antes, por otros astrónomos como Edmond Halley. El primer verdadero descubrimiento de Messier fue el Cúmulo globular M3 en Canes Venaciti en 1764. Curiosamente, Messier es más famoso por su catálogo de objetos estelares que por los cometas que descubrió.

El interés de Messier en catalogar aquellos objetos fijos estaba en poder distinguirlos de los errantes, lo que le facilitaría la tarea de buscar cometas. Gracias a la publicación de su catálogo, William Herschel se vio estimulado para iniciar (en 1783) un ambicioso proyecto que, a lo largo de 20 años de investigación, le permitió catalogar un gran número de nebulosas y cúmulos en el hemisferio norte.

Pese a que el rey francés Luis XV se refiriera a él como «El hurón de los cometas», Messier no pasaría a la historia por su gran trabajo como cazacometas, sino que su nombre ha quedado asociado al catálogo de objetos nebulosos que creó, el Catálogo Messier.1

Posidonio de Apamea

(Posidonio de Apamea; Apamea, Siria, 135 a.C. – Rodas, Grecia, 51 a.C.) Filósofo e historiador griego. Discípulo del estoico Panecio, fue, junto a él, uno de los representantes máximos del estoicismo llamado medio, en el que, de manera similar a como lo había hecho su maestro, sumó a lo propiamente estoico ciertas doctrinas platónicas y aristotélicas, así como ciertos elementos de Heráclito. Posidonio parece heredar así de Panecio el gusto por las tendencias enciclopédicas y sincretistas, que le llevaron a concebir la realidad como el resultado de la oposición armónica de contrarios caracterizados por estar en permanente evolución, tanto ascendente como descendente, y a afirmar que el elemento dinamizador del proceso cósmico, y de la realidad general, era el fuego.

Conocido también como Posidonio de Rodas (por haber abierto en esa ciudad su célebre escuela en el año 96 a.C.), en su juventud se había entregado a los ejercicios gimnásticos, hasta el punto de recibir el sobrenombre de «atleta»; después marchó a Atenas y fue discípulo de Panecio; hizo largos viajes de estudio, incluso a Galia y a España, y estuvo dos veces en Roma. La fama de Posidonio atrajo a su escuela de Rodas a discípulos griegos y romanos: Cicerón, Varrón y Pompeyo fueron repetidas veces a escucharlo y se mantuvieron siempre unidos a él por lazos de amistad.

No cabe duda de que su influencia llegó de forma especialmente intensa a Roma, pues en el gusto romano podían cuajar perfectamente el estoicismo y el eclecticismo que se mezclaban en las enseñanzas del filósofo. Por ello resultan paradigmáticas obras de Cicerón como De natura Deorum y De divinatione, en las que se exponen y discuten extensa y detalladamente las ideas de Posidonio, a la vez que convierten a su autor, Cicerón, en el ejemplo máximo y más perceptible de la impregnación de la filosofía de Posidonio en el pensamiento y la literatura latinas.

La meditación filosófica, que le llevó a exponer en sus obras una concepción ecléctica del estoicismo conciliado con el platonismo, se encuentra unida en él a la gran cantidad de aficiones culturales: Posidonio fue geógrafo (Del Océano), historiador (escribió una historia en 52 libros, continuación de la de Polibio), cultivador de la astronomía y la meteorología, matemático y estudioso de los fenómenos físicos y geológicos; en suma, una de las mentes más enciclopédicas del mundo antiguo. No ha llegado hasta nosotros ninguna de sus obras; poseemos escasos fragmentos de ella por citas de otros autores, y desde hace un siglo se intenta reconstruir su pensamiento o, al menos, las líneas generales de la obra de Posidonio a través de la de escritores como Cicerón, Séneca o Plutarco.

La filosofía de Posidonio es una reelaboración del estoicismo originario de Zenón de Citio con un aliento místico que acaso pueda explicarse por el origen sirio del pensador y que le impulsa a buscar en Platón y en Aristóteles las doctrinas con predominio religioso: el Logos divino es el principio de la armonía universal, de aquella relación de acción recíproca (simpatía) por la que todas las partes del universo único conspiran a un fin común, como partes de un organismo. Su teología introduce varias categorías de seres divinos, como los astros, que son intermediarios entre la divinidad suprema (el Logos) y el hombre: de aquí la importancia de la astrología y de la adivinación.

En la ética, Posidonio abandona el rígido intelectualismo de la escuela y explica las pasiones no como errores del intelecto, sino como apetitos irracionales. El alma es una (contrapuesta al cuerpo y radicada en el corazón), no subdividida en partes, pero provista de varias «potencias», de las cuales las que son irracionales nos pueden arrastrar a causa de nuestra debilidad. A la relación de lo útil con el deber y a la importancia de los bienes exteriores para la felicidad dedicó su obra Sobre el deber, de la que se sirvió Cicerón.

La cosmología de Posidonio, también reelaboración peripatética, nos ha sido conservada en parte en el pequeño tratado seudoaristotélico Sobre el mundo. Y de Posidonio deriva el comentario de Calcidio al Timeo de Platón, que tanto éxito alcanzó en la Edad Media. En el desarrollo del pensamiento filosófico, Posidonio es considerado como introductor, más allá del estrecho ámbito de la Academia, del neoplatonismo.

Fuente:https://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/posidonio.htm

Maria Mitchell, la profesora de astronomía que con 14 años guiaba a los barcos balleneros

Cuando Maria Mitchell tenía 14 años, los barcos balleneros que partían del puerto de Nantucket, la isla cercana a Massachussetts donde vivía, confiaban en su habilidad para calibrar los instrumentos de navegación que les ayudarían a orientarse durante sus semanas de travesía. La conocían y estaban seguros de su habilidad porque llevaban años viéndola acompañar a su padre, William Mitchell, un hombre instruido y versado en ciencias y astronomía que se dedicó personalmente de la educación de su hija.

Mitchell nació el 1 de agosto de 1818 en una familia cuáquera, una tradición que defiende que chicos y chicas deben ser educados igual, así que ella acudió a la escuela local y recibió una amplia formación de su padre, que incluyó muchos ratos realizando experimentos juntos. Una de sus hermanas contaba que en el salón colgaba de la lámpara una bola de cristal llena de agua que él utilizaba en sus experimentos sobre la polarización de la luz y que hacía que todas las paredes de la estancia estuviesen cubiertas de fragmentos de arco iris.

La astronomía y su estudio era una disciplina muy apreciada en la isla, que vivía de los barcos balleneros que a su vez dependían de los instrumentos astronómicos para orientarse. William Mitchell se encargaba de ajustar esos instrumentos de forma que los barcos siempre supieran dónde estaban cuando pescaban en alta mar, y su hija lo acompañaba. También hacían juntos otros experimentos. Durante un eclipse solar cuando ella tenía 13 años, calculó la longitud a la que se encontraba su casa.

A Mitchell le encantaba leer, aprender y enseñar. A los 16 años empezó a trabajar como asistente de los profesores de su anterior escuela, y a los 18 se convirtió en la primera bibliotecaria del Ateneo de Nantucket.

Era un lugar tranquilo, así que ella aprovechó parte de su tiempo allí para seguir leyendo y aprendiendo. Le interesaban muchas materias: alemán, latín, matemáticas avanzadas y mecánica celeste. Algunas tardes se organizaban en el Ateneo charlas y tertulias a las que acudían mentes progresistas para hablar de todo tipo de temas, y ella también estaba allí, aprendiendo.

Disfrutaba con su tranquilo trabajo, pero un día la casualidad se puso ante ella y todo cambió. Lo hizo en la forma de un cometa inesperado. A Mitchell le gustaba pasar las noches sobre el tejado de la casa de su familia escrutando el cielo y las estrellas con su telescopio. El 1 de octubre de 1847 estaba estudiando un segmento del cielo que ya conocía cuando se encontró en él una mancha blanca que no estaba allí antes. Bajó a contárselo a su padre, que animó a Mitchell a hacer público su descubrimiento.

Ante la negativa de ella, que temía ser menospreciada por ser mujer, William Mitchell escribió a otros astrónomos influyentes para que apoyasen el descubrimiento de su hija. William C. Bond era por entonces el director del Observatorio de Harvard, en Massachussetts, y fue quien habló a los Mitchell de la medalla a la que Maria podía aspirar. Les contó que Frederik VI, rey de Dinamarca, también era muy aficionado a la astronomía, y que había ofrecido una medalla a todo el que descubriese un nuevo cometa. El monarca había fallecido en 1839 pero su sucesor, Christian VIII, continuó otorgando estos premios.

Convencida por su padre y su colega, Mitchell se animó por fin a publicar su descubrimiento, aunque un error de ellos dos al seguir los trámites para optar a la medalla casi la dejan sin ella. Por fin, un año después de haber visto el cometa que sería bautizado con su nombre, la medalla de Maria Mitchell llegó a Nantucket.

Su descubrimiento la hizo famosa, y propició que se convirtiese en la primera mujer que formó parte de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, y fue contratada por el servicio que elaboraba el calendario náutico para seguir y consignar detalladamente los movimientos de Venus que, aunque es un planeta, servía como estrella guía para los barcos. Mucha gente venía a visitarla y quería conocerla, impresionados por la primera mujer estadounidense que había descubierto un cometa.

Gracias a sus ahorros y a un trabajo como acompañante de una chica más joven, pudo viajar por el sur de Estados Unidos y por Europa, donde visitó algunos de los observatorios más avanzados de la época, como el de Cambridge o Roma, y conoció a los astrónomos más importantes del continente, Sir George Ary, el Astrónomo Real que estableció el Meridiano de Greenwich, o el padre Secchi, el Astrónomo del Vaticano.

En 1858 Mitchell estaba de vuelta en Nantucket, y poco después, tras la muerte de su madre, se trasladó con su padre al continente. Continuó trabajando para el servicio náutico hasta que en 1865 fue contratada como profesora por Mathew Vassar para dar clase en el Vassar College, su recién inaugurada escuela para mujeres, por su habilidad científica y por ser un modelo a imitar para otras mujeres jóvenes. Ella encajó enseguida en su rol de profesora y mentora de sus alumnas, a las que animaba a no dejar que el hecho de ser mujeres las desanimase en sus empeños. «Ninguna mujer debería decir ‘Pero solo soy una mujer’. ¿Solo una mujer? ¿Y qué más se puede pedir?».

Las llevaba a excursiones para observar eclipses y las mantenía despiertas mucho más allá de la hora fijada para estudiar con ellas el cielo y sus componentes. Era muy exigente, pero era también una de las profesoras preferidas por sus estudiantes, a las que trataba como iguales: «Somos mujeres estudiando juntas».

Volvió a Europa unos años después, en 1873. Primero fue a Rusia, donde descubrió encantada que allí la educación de las mujeres jóvenes estaba mucho más extendida que en Estados Unidos. Allí las chicas a las que conoció hablaban de ciencias, de literatura y de política sin cortarse. En comparación, en EE. UU. el número de chicas con esos conocimientos era mucho más limitado. En el otro lado estaba el Colegio para Chicas de Glasgow, que también visitó en ese viaje, en el que solo se las enseñaba música, danza, dibujo y bordado, lo cual le resultó muy decepcionante. A su vuelta a su país, Mitchell participó en la fundación de la Asociación Americana para el Avance de las Mujeres.

En 1888, Mitchell enfermó del corazón y dejó las clases para trasladarse a la casa de su hermana, ante el disgusto y las súplicas de estudiantes y de la dirección de la escuela, que le pidieron que se quedase viviendo allí, aunque no pudiese seguir dando clase. Ella prefirió marcharse. Su sobrino, arquitecto, le construyó un pequeño observatorio en su nuevo hogar con la esperanza de que se recuperase lo suficiente como para usarlo. No fue así. Maria Mitchell murió el año siguiente.

Fuente: https://mujeresconciencia.com/2018/09/06/maria-mitchell-la-profesora-de-astronomia-que-con-14-anos-guiaba-a-los-barcos-balleneros/

Quién fue Henrietta Swan Leavitt, cuyo trabajo permitió que Albert Einstein y Edwin Hubble hicieran descubrimientos que cambiarían el mundo

Antes de que se inventaran las computadoras, el trabajo de computar -o hacer cálculos matemáticos- era hecho por humanos. Y a partir de finales del siglo XIX, muchas de esas «computadoras humanas» fueron mujeres.

Quizás el ejemplo más emblemático fue el de las Harvard Computers («Computadoras de Harvard«), como se conoció al grupo de casi un centenar de mujeres que trabajaron haciendo cálculos en el observatorio de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos.

Henrietta Swan Leavitt fue una de las más destacadas, ya que su trabajo permitió que otros científicos, incluyendo a Edwin Hubble y Albert Einstein, hicieran descubrimientos que cambiarían el mundo.

Pero posiblemente nada de eso habría ocurrido si no fuera por una iniciativa de Edward Pickering, un astrónomo que en 1877 se convirtió en el director del observatorio (hoy parte del Centro de Astrofísica de la Universidad de Harvard y el Instituto Smithsonian).

«Pickering quería que las mujeres se involucraran en el trabajo del observatorio, pero en esa época solo los hombres podían tener acceso a los telescopios y al resto de los instrumentos», explica a BBC Mundo Daina Bouquin, Jefa de Bibliotecarios de la Biblioteca Wolbach en el Centro de Astrofísica de Harvard.

Entonces tuvo una idea: contratar únicamente a mujeres para realizar una tarea de suma importancia, pero que no requería tener acceso a telescopios.

«Las ‘Computadoras de Harvard’ crearon el primer catálogo de todo el cielo. Fue el primer intento en la historia de documentar el universo entero», cuenta Bouquin.

¿Cómo lo hicieron? Estudiando miles de fotografías en placas de vidrio de distintas partes del cosmos (originadas no solo en Harvard sino en observatorios de todo el mundo, toda una rareza en aquella época).

La tarea principal de estas mujeres –muchas de ellas estudiantes de astronomía, como Swan Leavitt– era medir la magnitud (o brillo) de las estrellas.

Pero ellas hicieron mucho más que eso. Utilizando como única base esas imágenes, lograron analizar y entender cosas que terminarían siendo fundamentales para la astronomía.

La Ley de Leavitt

Uno de los aportes más importantes fue el de Swan Leavitt, quien empezó a trabajar como computadora en el observatorio en 1893 tras graduarse como física en Radcliffe College (una universidad para mujeres que era considerada la versión femenina de Harvard, y que finalmente se fusionó con esa universidad).

Swan Leavitt se dedicó a analizar una sección en particular de las placas: unas fotos tomadas en Arequipa, Perú, que mostraban las Nubes de Magallanes (que, hoy sabemos, son dos galaxias enanas próximas a nuestra Vía Láctea).

En esa época se creía que nuestra galaxia era la única. Pero lo que descubrió Swan Leavitt permitiría que años más tarde el astrónomo estadounidense EdwinHubble concluyera que, de hecho, había otras.

La científica se enfocó en un tipo particular de estrella llamada una variable Cefeida que pulsa, variando su tamaño y luminosidad, con un período regular.

Estudiando diversas placas de las mismas estrellas logró establecer una relación entre su luminosidad y su período pulsar. Sobre esa base, pudo calcular su distancia.

«Hasta ese momento no había manera de medir las distancias en el espacioporque era imposible saber si una estrella se veía brillante porque estaba cerca o por su luminosidad intrínseca», explica Bouquin.

El hallazgo de Swan Leavitt permitió establecer una escala de distancias y así se pudo empezar a medir el universo por primera vez.

Hoy, esa relación entre luminosidad y período pulsar se conoce como la Ley de Leavitt.

Y la posibilidad de medir las distancias en el espacio fueron clave no solo para el trabajo de Hubble, sino también para Einstein y su teoría general de la relatividad.

Pioneras

Increíblemente, a pesar de su importancia, el trabajo de Swan Leavitt fue solo uno de varios aportes fundamentales que hicieron las «Computadoras de Harvard» a la astronomía.

De hecho, su hallazgo no habría sido posible sin el trabajo previo de su colegaAnnie Jump Cannon, quien desarrolló un sistema para clasificar estrellas.

Cannon se acabaría convirtiendo en la primera mujer que pudo utilizar el telescopio del observatorio (que, en su momento, fue el más poderoso del mundo).

En años posteriores, otra luminaria del grupo fue Cecilia Payne-Gaposchkin, una astrónoma británica que viajó a Estados Unidos para realizar un doctorado en Astronomía, ya que no podía hacerlo en Reino Unido.

«Terminaría convirtiéndose en la primera persona en obtener un PhD (doctorado) en Astronomía en Harvard«, cuenta Bouquin.

Su tesis doctoral sigue considerándose revolucionaria a día de hoy: utilizando como base placas espectrales del universo, Payne-Gaposchkin determinó que las estrellas están compuestas de hidrógeno y helio (algo que fue disputado e incluso ridiculizado en su época y luego se terminó comprobando).

Legado

Según Bouquin, la presencia de extranjeras entre las «Computadoras de Harvard» demuestra cuán avanzado y atractivo resultaba ese programa para las mujeres interesadas en astronomía.

Y ello a pesar de que era un trabajo muy mal pagado (las mujeres recibían salarios muy por debajo de sus colegas hombres del observatorio).

Entre 1877 y 1960, unas cien mujeres trabajaron como «Computadoras de Harvard», analizando más de medio millón de placas fotográficas.

Su trabajo no solo creó el llamado Catálogo Henry Draper (el primer mapa del universo entero), también quedó plasmado en cerca de 3.000 cuadernos escritos a mano, repletos de información y observaciones sobre las placas.

En la actualidad, la Universidad de Harvard trabaja en dos proyectos paralelos para digitalizar toda esta información.

Por un lado, se están escaneando las cerca de 650.000 placas fotográficas del universo que recopiló su observatorio desde su inauguración en 1847 hasta la década de los 80.

En tanto, Bouquin, como responsable de la Biblioteca Wolbach, lidera el segundo proyecto: transcribir, digitalizar y catalogar los cuadernos de las «Computadoras de Harvard». 

El proyecto se conoce como PHaEDRA (siglas de Preserving Harvard’s Early Data and Research in Astronomy) y depende de voluntarios para realizar las transcripciones. 

Hasta ahora se ha completado el 10% del trabajo. Toda la información digitalizada (tanto los cuadernos como las placas) queda disponible en el sistema de datos astrofísicos de la NASA (conocido como ADS), un índice que utilizan los astrónomos para hallar cualquier artículo.

Así, el trabajo de las «Computadoras de Harvard», que ya ha aportado tanto a la astronomía, seguirá sirviendo para las generaciones futuras que tendrán un inusual acceso a más de cien años de invaluable información astronómica.

Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-47504183

Albert Einstein

En el siglo XVII, la sencillez y elegancia con que Isaac Newton había logrado explicar las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos y el de los astros, unificando la física terrestre y la celeste, deslumbró hasta tal punto a sus contemporáneos que llegó a considerarse completada la mecánica. A finales del siglo XIX, sin embargo, era ya insoslayable la relevancia de algunos fenómenos que la física clásica no podía explicar. Correspondió a Albert Einstein superar tales carencias con la creación de un nuevo paradigma: la teoría de la relatividad, punto de partida de la física moderna.

En tanto que modelo explicativo completamente alejado del sentido común, la relatividad se cuenta entre aquellos avances que, en los albores del siglo XX, conducirían al divorcio entre la gente corriente y una ciencia cada vez más especializada e ininteligible. No obstante, ya en vida del físico o póstumamente, incluso los más sorprendentes e incomprensibles aspectos de la relatividad acabarían siendo confirmados. No debe extrañar, pues, que Albert Einstein sea uno de los personajes más célebres y admirados de la historia de la ciencia: saber que son ciertas tantas ideas apenas concebibles (por ejemplo, que la masa de un cuerpo aumenta con la velocidad) no deja más opción que rendirse a su genialidad.

Un mal estudiante

Albert Einstein nació en la ciudad alemana de Ulm el 14 de marzo de 1879. Fue el hijo primogénito de Hermann Einstein y de Pauline Koch, judíos ambos, cuyas familias procedían de Suabia. Al siguiente año se trasladaron a Munich, en donde el padre se estableció, junto con su hermano Jakob, como comerciante en las novedades electrotécnicas de la época.

El pequeño Albert fue un niño quieto y ensimismado, y tuvo un desarrollo intelectual lento. El propio Einstein atribuyó a esa lentitud el hecho de haber sido la única persona que elaborase una teoría como la de la relatividad: «un adulto normal no se inquieta por los problemas que plantean el espacio y el tiempo, pues considera que todo lo que hay que saber al respecto lo conoce ya desde su primera infancia. Yo, por el contrario, he tenido un desarrollo tan lento que no he empezado a plantearme preguntas sobre el espacio y el tiempo hasta que he sido mayor».

En 1894, las dificultades económicas hicieron que la familia (aumentada desde 1881 con el nacimiento de una hija, Maya) se trasladara a Milán; Einstein permaneció en Munich para terminar sus estudios secundarios, reuniéndose con sus padres al año siguiente. En el otoño de 1896 inició sus estudios superiores en la Eidgenossische Technische Hochschule de Zúrich, en donde fue alumno del matemático Hermann Minkowski, quien posteriormente generalizó el formalismo cuatridimensional introducido por las teorías de su antiguo alumno.

El 23 de junio de 1902, Albert Einstein empezó a prestar sus servicios en la Oficina Confederal de la Propiedad Intelectual de Berna, donde trabajó hasta 1909. En 1903 contrajo matrimonio con Mileva Maric, antigua compañera de estudios en Zúrich, con quien tuvo dos hijos: Hans Albert y Eduard, nacidos respectivamente en 1904 y en 1910. En 1919 se divorciaron, y Einstein se casó de nuevo con su prima Elsa.

La relatividad

Durante 1905, publicó cinco trabajos en los Annalen der Physik: el primero de ellos le valió el grado de doctor por la Universidad de Zúrich, y los cuatro restantes acabarían por imponer un cambio radical en la imagen que la ciencia ofrece del universo. De estos cuatro, el primero proporcionaba una explicación teórica en términos estadísticos del movimiento browniano (así llamado en honor a su descubridor, Robert Brown), y el segundo daba una interpretación del efecto fotoeléctrico basada en la hipótesis de que la luz está integrada por cuantos individuales, más tarde denominados fotones. Los dos trabajos restantes sentaban las bases de la teoría restringida de la relatividad, estableciendo la equivalencia entre la energía E de una cierta cantidad de materia y su masa m en términos de la famosa ecuación E = mc², donde c es la velocidad de la luz, que se supone constante.

El esfuerzo de Einstein lo situó inmediatamente entre los más eminentes de los físicos europeos, pero el reconocimiento público del verdadero alcance de sus teorías tardó en llegar; el Premio Nobel de Física, que recibió en 1921, le fue concedido exclusivamente «por sus trabajos sobre el movimiento browniano y su interpretación del efecto fotoeléctrico». En 1909 inició su carrera de docente universitario en Zúrich, pasando luego a Praga y regresando de nuevo a Zúrich en 1912 para ser profesor del Politécnico, en donde había realizado sus estudios.

En 1914 pasó a Berlín como miembro de la Academia de Ciencias prusiana. El estallido de la Primera Guerra Mundial le forzó a separarse de su familia (por entonces de vacaciones en Suiza), que ya no volvió a reunirse con él. Contra el sentir generalizado de la comunidad académica berlinesa, Einstein se manifestó por entonces abiertamente antibelicista, influido en sus actitudes por las doctrinas pacifistas de Romain Rolland.

En el plano científico, su actividad se centró, entre 1914 y 1916, en el perfeccionamiento de la teoría general de la relatividad, basada en el postulado de que la gravedad no es una fuerza sino un campo creado por la presencia de una masa en el continuum espacio-tiempo. La confirmación de sus previsiones llegó en 1919, al fotografiarse el eclipse solar del 29 de mayo; The Times lo presentó como el nuevo Newton y su fama internacional creció, forzándole a multiplicar sus conferencias de divulgación por todo el mundo y popularizando su imagen de viajero de la tercera clase de ferrocarril, con un estuche de violín bajo el brazo.

Hacia una teoría unificadora

Durante la siguiente década, Einstein concentró sus esfuerzos en hallar una relación matemática entre el electromagnetismo y la atracción gravitatoria, empeñado en avanzar hacia el que, para él, debía ser el objetivo último de la física: descubrir las leyes comunes que, supuestamente, habían de regir el comportamiento de todos los objetos del universo, desde las partículas subatómicas hasta los cuerpos estelares, y agruparlas en una única teoría «de campo unificado». Tal investigación, que ocupó el resto de su vida, resultó infructuosa y acabó por acarrearle el extrañamiento respecto del resto de la comunidad científica. A partir de 1933, con el acceso de Hitler al poder, su soledad se vio agravada por la necesidad de renunciar a la ciudadanía alemana y trasladarse a Estados Unidos; Einstein pasó los últimos veinticinco años de su vida en el Instituto de Estudios Superiores de Princeton (Nueva Jersey), ciudad en la que murió el 18 de abril de 1955.

Einstein dijo una vez que la política poseía un valor pasajero, mientras que una ecuación valía para toda la eternidad. En los últimos años de su vida, la amargura por no hallar la fórmula que revelase el secreto de la unidad del mundo hubo de acentuarse por la necesidad que sintió de intervenir dramáticamente en la esfera de lo político. En 1939, a instancias de los físicos Leo Szilard y Eugene Paul Wigner, y convencido de la posibilidad de que los alemanes estuvieran en condiciones de fabricar una bomba atómica, se dirigió al presidente Roosevelt instándole a emprender un programa de investigación sobre la energía atómica.

Después de que las explosiones de Hiroshima y Nagasaki pusieran fin a la Segunda Guerra Mundial, Einstein se unió a los científicos que buscaban la manera de impedir el uso futuro de la bomba y propuso la formación de un gobierno mundial a partir del embrión constituido por las Naciones Unidas. Pero sus propuestas en pro de que la humanidad evitara las amenazas de destrucción individual y colectiva, formuladas en nombre de una singular amalgama de ciencia, religión y socialismo, recibieron de los políticos un rechazo comparable a las críticas respetuosas que suscitaron entre los científicos sus sucesivas versiones de la idea de un campo unificado.

Albert Einstein sigue siendo una figura mítica de nuestro tiempo; más, incluso, de lo que llegó a serlo en vida, si se tiene en cuenta que aquella fotografía suya en que exhibe un insólito gesto de burla (sacando la lengua en una cómica e irreverente expresión) se ha visto elevada a la dignidad de icono doméstico después de ser convertida en un póster tan habitual como los de los ídolos de la canción y los astros de Hollywood. Sin embargo, no son su genio científico ni su talla humana los que mejor lo explican como mito, sino, quizás, el cúmulo de paradojas que encierra su propia biografía, acentuadas con la perspectiva histórica. Al Einstein campeón del pacifismo se le recuerda aún como al «padre de la bomba»; y todavía es corriente que se atribuya la demostración del principio de que «todo es relativo» precisamente a él, que luchó encarnizadamente contra la posibilidad de que conocer la realidad significara jugar con ella a la gallina ciega.

Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/monografia/einstein/